Por Hacks Hackers Bs As
El Bar Camp y el Media Party marcan un rumbo más abierto y descontracturado donde las charlas fluyen sin control
Sonia Jalfin sonia@sociopublico.com
Sábado 20 de agosto de 2016
Publicado en La Nación originalmente
La gente viene a aprender y colaborar”, dice Guillermo Movia, uno de los organizadores de Media Party.
En el reino del revés nada el pájaro y vuela el pez. Eso a esta altura lo sabemos todos. Pero, ¿cómo es una conferencia en ese mundo alterado? Simple: es una desconferencia.
El término surgió en 2003, en la universidad de Harvard, durante un encuentro de blogueros que fue como la toma de la Bastilla: basta de oradores que dictan cátedra de pie en el escenario, basta de espectadores sentados, cuya máxima participación va de tomar nota en el tope de su entusiasmo a quedarse dormidos en señal de repudio. Ese año nació la idea de que las conferencias fueran del pueblo, es decir, de los participantes. Y luego de sucesivos intentos, en 2005 se hizo el primer Bar Camp, un evento donde no hay oradores elegidos por los organizadores, sino que cualquier participante puede anotarse en una pizarra y convertirse en orador, en la mañana misma del encuentro, si está dispuesto a escuchar también las presentaciones de otros y participar activamente en un intercambio colectivo.
En la Argentina el primer Bar Camp se hizo en 2007 y hoy, como en todos lados, su impronta se cuela en casi cualquier evento del que participen programadores, diseñadores y otros fans de la innovación y la tecnología. La semana que viene, sin ir más lejos, se hace en el centro Konex una nueva edición de la Media Party (nótese la denominación de fiesta, nada de conferencia). Se trata de un encuentro abierto y gratuito donde se presentan más de 50 talleres surgidos de una convocatoria pública, para experimentar con nuevas tecnologías y medios.
En este caso también hay oradores tradicionales, pero la audiencia sabrá perdonarlos por dos motivos: sus charlas no duran más de 20 minutos y las dan varios rockstars de la innovación en medios, como la directora editorial de Vox Media, Lauren Rabaino; el editor ejecutivo del Guardian digital y fundador del equipo interactivo del New York Times, Aron Pilhofer; o el precursor de los videogames políticos, Paolo Pedercini.
El espíritu general, como en cualquier desconferencia, es que todos puedan interactuar. “La gente viene a aprender y colaborar”, dice Guillermo Movia, uno de los organizadores. “La energía que se genera en los talleres es lo que hace especial este tipo de eventos. Eso se refleja después en el hackatón que hacemos el sábado que viene, y en los proyectos que surgen y continuan después del evento”.
Movia es también community catalizer de Mozilla, el organizador del Mozilla Fest, un hito de las desconferencias que se hace todos los años en Londres. Para él, “las conferencias tradicionales son cada vez menos interesantes porque hoy el conocimiento importa menos que lo que se hace con ese conocimiento o cómo se lo comparte. Las desconferencias crean espacios donde uno se puede conectar con otras personas y llegar a mejores soluciones para los problemas a través del aprendizaje y la creación conjunta”. La Media Party se sustenta en Hacks/Hackers, una comunidad de periodistas, programadores y diseñadores cuyo capítulo porteño tiene 6000 miembros y es el más grande del mundo.
Para Mariano Blejman, director de la Media Party, “el objetivo es transferir conocimientos de distintas comunidades, unas a otras, en un espacio abierto y colaborativo, algo que nunca pasa en general en los eventos donde están todos sentados escuchando a alguien que habla. Acá, desde las charlas a los workshops tienen espíritu productivo: contás lo que hacés, cómo lo hacés y qué trucos usás, o no tiene sentido que vengas a contar nada”.
Las desconferencias proliferan en el mundo aplicadas a casi cualquier tema. Desde el Vino Camp de los vitivinicultores de Francia hasta el Teach Camp de los maestros o el Crisis Camp de los socorristas. En el sitio de Space Camp, un encuentro sobre exploración espacial, que tiene actividad en más de 30 ciudades, se habla incluso del antecedente de un evento de este tipo dedicado a… cupcakes.
El éxito de la fórmula se apoya en el impacto que causa en los participantes. Diego Luque, socio y director de estrategia para América latina de la agencia Camping, es un asiduo visitante del SXSW, un festival nacido en Texas que nuclea cine, música y tecnología.
“Participar del evento completo es una experiencia que te cambia por completo”, dice. “Es difícil de describir. Al comienzo resulta demasiado grande y un poco confuso, pero con el correr de los días lo empezás a abrazar y no lo querés soltar. Te produce FOMO (fear of missing out) o miedo a perderse algo. Hay tantas cosas que no podés ver todo. Es un sacrificio y una apuesta. Sacrificio porque hay que elegir y priorizar. Y apuesta, porque rogás que lo que hayas elegido esté bueno”.
El caos creativo de las desconferencias se compensa con una serie de reglas que los participantes siguen a rajatabla. Hoy casi todas las conferencias de tecnología tienen espíritu abierto? y un código de conducta.
Ana Massacane es una de las organizadores de Bar Camp en la Argentina. Participó de todos los que se hicieron en Buenos Aires desde 2007. En uno de esos eventos conoció a su marido, Juan Belbis, un especialista en medios digitales y política, que estaba dando una charla tan exitosa que se tuvo que mudar a un café para tener suficiente lugar. Para Massacane, un Bar Camp es “la democratización última del poder del micrófono”.
“Creo que ningún otro evento llega al nivel de desorganización que tiene un Bar Camp. Nosotros nunca sabemos quién va a dar una charla. Podemos tener sospechas, pero nada más. A veces es un problema con los sponsors porque quieren saber qué va a pasar, pero nosotros no podemos bajo ningún concepto programar oradores. El proceso es transparente y horizontal. El que llega se anota en la pizarra y listo”.
La clave de la organización está en la autoregulación de los participantes. “Como todos se sienten dueños del evento, son muy respetuosos. Siempre nos sorprende que el lugar queda limpio, sin basura tirada en el suelo. Y aunque una de las características de los Bar Camp es que hay una barra de cerveza abierta todo el día, jamás tuvimos un conflicto con eso”.
La otra clave para mantener a raya el caos es una batería de herramientas organizativas innovadoras. Allí surgió la dotmocracy, algo así como una “punto-democracia” que consiste en votar los temas más interesantes para discutir a través de calcomanías circulares que se pegan sobre pizarras que funcionan como agendas. Y también algunas formas de interacción entre participantes como el speed geek -inspirado en el speed dating– que consiste en hacer rotar a pequeños grupos de la audiencia alrededor de un círculo de oradores. O el fish bowl, una conversación pública de cuatro a cinco personas, que pueden ser reemplazadas en cualquier momento por alguno de los espectadores que desee intervenir.
“Creo que las desconferencias van a ser cada vez más populares”, dice Luque. “Van a ir perdiendo el halo de contracultura que tienen hoy. Y es algo para celebrar, porque es una forma de darles más participación a las ideas”. Dicho de otro modo, las desconferencias pueden pronto dejar de pertenecer al reino del revés para convertirse en moneda corriente. Innovadores, apúrense.

